miércoles, 15 de febrero de 2017

La catedral de invierno

ENTRESIERRASrd | Una mirada a los secaderos tradicionales que antaño inundaban las casas de la comarca
No había casa en nuestros queridos pueblos que no tuviera su catedral, su Capilla Sixtina (y embutida) con las piedras de clave repleta de manjares colgados boca abajo que ponían los dientes largos.

En aquellos tiempos, en los de las matanzas de verdad (no estas de pega que la moda ha puesto en solfa a base de preparativos etnográficos), las despensas iban recogiendo manjares para darles curación.
La habitación había de ser especial. Con ventilación escasa y oscuridad ya sea en verano como en invierno para mantener la temperatura. Como una verdadera Cueva de Altamira que esconde los tesoros en el techo. Cada casa tenía una habitación reservada como secadero; la despensa, el fondo de la cocina o la alcoba del hijo que se fue a la mili y ya no volvió (ni sabiendo que le esperaban las mejores viandas del mundo).
Hasta las telarañas sabían que su paso era temporal. Cabe imaginar, aunque aún hoy pueda disfrutarse del espectáculo, ese techo de madera, aguijoneado por clavos, y en cada punta un chorizo, un salchichón o las morcillas, ejército en que cada cual tenía su sitio guardado del año anterior. Y del otro. Y al frente de todos ellos, capitán y coroneles, los dos jamones y las paletillas (primas pobres) que ponen recto al más rebelde.
Allá al fondo el rinconcito "de poner los huesos en sal", junto al tocino. También las tinajas de barro, donde se guardarán los embutidos una vez curados, para conservarlos frescos.
Bien se dice aquello de "salado dura todo el año" o lo del "zamarro y morros bien adobados, tasajos para el año".
Será Dios ir a la iglesia a rezar los domingos, y saberse los responsos, y las canciones del Patrón. Pero más se rezaba, seguramente, y se reza, porque la Catedral de Invierno mantenga a buen recaudo nuestras oraciones de magro y pimentón.

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