miércoles, 15 de febrero de 2017

Lloran las encinas

ENTRESIERRASrd | Una mirada al atentado medioambiental que la empresa minera Berkeley está perpetrando en el Campo Charro
© Jesús en la Red Hoy lloran las encinas de toda Salamanca y hasta las existentes más allá de la Raya portuguesa sienten la humillación de ver cómo se avecina el peor de los finales, el que ha traído el egoísmo y el dinero carente de sentimientos. 

Hoy su sangre, esa savia que cada primera empieza a correr alegre por su alma, se ha transformado en lagrimas de desolación por el despiadado crimen ecológico llegado con el asesinato de miles de ellas en tierras de Retortillo para convertir su suelo en una mina de muerte y cáncer. De miseria para el mañana. Otra vez el dinero podrido, el maldito dinero sin pudor trae el réquiem uno de los paisajes más hermoso de la provincia, mientras la impotencia se dueña entre una población que no deja de hacerse preguntas.
Lloran las encinas y los hombres, con el rostro curtido de los fríos invernales, muestran su impotencia ante un terrible atentado ecológico sucedido en el precioso rincón del Yeltes   y consentido por instituciones carentes de sentimientos que se han dejado mangonear por una mafia a la que nada interesa la historia de esta tierra. 
La mafia de Berkeley, matones del más hermoso monte charro tras comprar voluntades de gente vacía de talento, a golpe de talonario con sus haceres prepotentes. Hoy el horror de Berkeley se hace presente con su barco atracado en esos parajes para sembrar discordia y matar a las miles de encinas que lloran impotentes tras ser derribadas a golpe de bulldozer.
¡Charros! Ya es hora de despertar. Ha llegado el momento de encadenarse en las encinas que aún siguen de pie para defender su rico legado. Y echar a los asesinos de Berkeley con el capitán Javier Colilla al frente para declararlos personajes ‘non gratos’ del Campo Charro. Porque han abusado de la gente de alma limpia que solo busca paz y  ve morir un maravilloso monte con encinas de más de ocho siglos de existencia que son tumbadas cada día al suelo. 
Encinas que bajo sus sombras apaciguaron los tórridos calores del verano y en invierno suavizaron las rigurosas heladas de esta tierra. Encinas que, en muchos casos, ya destacaban en esos campos y lucían esplendorosas durante los muchos siglos que vieron pasar el tiempo. Las mismas que acogieron a segadores, a pastores, a gañanes y también a arrieros que hacían un alto en el camino.
Encinas generosas que vieron sestear a las ovejas en la modorra del verano. O que facilitaron su ramaje para que nidificaran aves, desde grandes rapaces a otras más comunes; que cedieron las oquedades de su tronco para que en su interior criasen lechuzas, búhos, cárabos o cernícalos, bellísimas aves, todas ellas protegidas y ahora también  condenadas a muerte en esta página tan triste que constituye el peor de los atentados contra el medio ambiente.

O quién sabe de toda la historia que guardan y han matado. Porque seguro que muchas de ellas sirvieron para encuentros de lances amorosos y hoy, en esta víspera de los Enamorados han sido masacradas en medio de una página tan negra. De las peores pesadillas que uno recuerda del Campo Charro.
Ya son miles de ellas las que están muertas por la fuerza bruta y la prepotencia de Berkeley, encargada de traer la miseria al Campo Charro. Porque hoy no hay nada más triste que ver llorar a tantas encinas, impotentes ante el abuso. ¡Qué asco das Berkeley! ¡Que desprecio mereces! Habéis humillado al Campo Charro y aquí vuestros nombres quedarán tallados con el formón del desprecio.
Ahora sumemos fuerzas. Defendamos lo nuestro. Evitemos más humillación para salvar del bulldozer las encinas que aún no han sido derribadas  y nos libere de la impotencia de verlas llorar en un final que no merecen ni en la peor de las pesadillas.

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