viernes, 12 de julio de 2013

El librero de Campillo que triunfó en Córdoba

Entrevista en Diario ABC
Sólo un señor con inconfundible aire de Calderón de la Barca y sentido analógico del tiempo se hubiera atrevido a montar hoy día una librería anticuaria en Córdoba. Cualquier tarde de cualquier día del año lo puede usted encontrar en su Laberinto perdido entre letras o tertuliando apaciblemente con los incontables amigos que se acercan a perder el tiempo arreglando el mundo.
-En plena revolución digital del tercer milenio, viene usted y monta una librería anticuaria. ¿Suicidio o provocación?
-Por el suicidio no estoy. Y la provocación no me interesa: ya paso de esa historia. Lo del papel y el mundo digital es un falso dilema. Lo del soporte es lo de menos.
Su aventura con el libro es la historia de su vida. Daniel Rodríguez Cibrián (Campillo de Salvatierra, Salamanca, 1952) tenía un abuelo que había vivido en Nueva York y, con sólo once años, le mandaba libros de Nietzsche, Dostoievski y los nihilistas rusos.
-¿Literatura infantil?
-Hablamos del año 1962 y Castilla era un piélago cultural. No había libros y el mundo era tan gris que siempre veíamos una salida. No como ahora que no vemos la salida. Pero antes, en la realidad, siempre había puertas.
-¿Los libros eran una puerta?
-Eran una de las puertas
-¿Y esta enfermedad de comprar libros?
-No. Yo no tengo esa enfermedad de comprar. Yo puedo tener pasiones, pero no de comprar. A través de los libros se accedía a otros mundos y eso no deja de ser magia.
-¿Este mundo no le gusta?
-No tengo problemas con este mundo ni necesidad de refugiarme. Tengo una sensación de disfrute continuo y la lectura es la pérdida de tiempo máxima que se conoce. El disfrute mayor, claro.
-Pero empezó a juntar libros.
-No. Es que no sé por qué me han acompañado siempre los libros. Es algo que se me pega.
Por razones de vaya usted a saber, Daniel R. Cibrián se resiste a contar el origen de este colosal océano de más de 120.000 libros que navegan entre la librería y varios almacenes de su propiedad. Ya con 19 años trabajó de mozo en la librería Cervantes, de Salamanca, y en 1985 aterrizó en Córdoba con una plaza de bibliotecario en la Universidad. Lo suyo con Andalucía fue un flechazo en toda regla. Hizo la mili en Cádiz y en cuanto contempló el Valle del Guadalquivir supo que su vida tenía que dirigirse, tarde o temprano, hacia las tierras del sur. «Me sorprendió tanto que fue un impacto, un descubrimiento desde la sensualidad y la emotividad», sostiene.

-¿Una librería es hoy un acto de resistencia?
-No lo veo así. Uno lo hace para él mismo. Alguien se sorprendería de los libros que vendemos.
-¿Esto es un negocio?
-Esto debe ser un negocio. Si no, no tiene sentido. Otra cosa es que sea un negocio que no dé dinero.
-Entonces no es un negocio.
-Bueno, dentro de los límites que te permitan pagar los gastos de funcionamiento. Esto no está para ganar mucho dinero.
-Sebastián de la Obra, bibliotecario y amigo suyo, dijo que esto es un laberinto para salvarse. ¿De qué?
-No sé. Se lo tendría que decir Sebastián. Yo tengo una sensación de disfrute continuamente. Estoy en mi casa y es mi gente que me viene a ver. Esto es una historia de apasionados.
-Usted es un apasionado.
-Sí.
-¿Solamente de libros?
-No, de muchas cosas. Intento vivir una pasión continua.
-¿Sin pasión se puede vivir?
-Hay gente que vive sin pasión. Pero la gente vive vidas anodinas.
-Tiene 120.000 libros. ¿Por el tamaño se conoce al librero?
-No tiene nada que ver. Yo ni siquiera soy un librero: soy aprendiz. Sé mucho de libros, naturalmente, pero nosotros no hemos despegado todavía.
-¿De qué?
-Tenemos un fondo muy importante, que ni siquiera está en catálogo.
-¿Lo suyo qué es: cultura o coleccionismo?
-No tengo coleccionismo, si no no desharía las colecciones. Y lo de la cultura es curioso aquí. Los de la Capitalidad Cultural, cuando ha desaparecido aquello de las comidas y las copas, han desaparecido todos, ¿no?
-¿Sin libros no hay cultura?
-Hombre, es difícil. Ya lo decía Umberto Eco que, junto con la bicicleta y la cuchara, es la tecnología más avanzada. El libro es una expresión del pensamiento.
-Pero el libro puede morir mañana.-Sí, de hecho se intenta. No será la primera ni la última vez.
-De muerte natural, queremos decir.
-El libro como objeto no lo creo. Los que estáis en las nuevas tecnologías decís: «Tengo 136.000 libros en mi “ebook”». Eso no sirve para nada. Tú necesitarás el que estás leyendo. Lo demás te sobra.
-¿Tiene internet en el móvil?
-No, no, no.-Lo dice como ofendido.-Yo puedo ser objetor de determinadas cosas.
Inauguración de El Laberinto
-¿Es objetor de internet?
-No, al contrario. Lo que no estoy dispuesto es a dedicarle todo el tiempo. No me predispone a mí la vida internet. Eso lo controlo yo.
-¿Todo está en los libros?
-Sí. De hecho hay poca cosa nueva. Si uno dice «voy a descansar un poquito con Borges», con sólo su universo ya te has llenado. Pero sois un poco apocalípticos. La poesía es imposible leerla en soporte electrónico.
-Dentro de mil años veremos.
-Lo de los libros es una cosa de contenido. El soporte da igual. Ahora lo que interesa es vender carcasas de todo. Un libro es una continuación de mí mismo, pero ¿un iPad? Además se lee como una fuente de luz. La lectura es silencio y concentración. No se olvide. La literatura volverá al soporte que más se acerque a su esencia. No al mogollón.
-Manuel Ruiz Luque nos dijo en una entrevista: «Por el olor se puede saber la vida de un libro». ¿Exageraba?
-Bueno, los que llevamos tiempo en esto decimos saber de qué trata un libro por el peso. Es un defecto de los libreros, que entramos en una casa y mirando de reojo sabemos la catadura intelectual del señor.
-¿Usted se fía de alguien que no lee?
-Es difícil. Yo soy bibliotecario. Le contaré una anécdota: mis niños fueron al instituto y el director nos enseñó la instalación y dice: «Ésta es la biblioteca». Eran las seis de la tarde y no estaba abierta. Sorprendente, ¿no? Y dijo el director: «Bueno, al fin y al cabo, es la biblioteca». Ya se sabe en Córdoba qué sucede con los libros.
-¿Qué sucede?
-¿Cuántas librerías hay? ¿Cómo es posible que una ciudad universitaria tenga el aprecio que tiene por los libros?
-¿Qué libro le cambió la vida?
-El Quijote me está cambiando la vida. Cada vez lo leo de diferente manera.
-¿A qué huele un «ebook»?
-¿Inodoro, incoloro, insípido?
-¿Qué hará cuando venda todo este tesoro de papel?
-Habrá más. Esto no se acaba nunca. Me permite estar en los libros.
-Si yo le digo internauta, ¿usted qué me dice?
-Me encanta. El sueño del bibliotecario es la biblioteca universal.
-Marisa Calero, catedrática de Lingüística, declaró: «Hay que reivindicar la calma». ¿Y usted?
-El silencio.
-¿A dónde le lleva el silencio?
-A la concentración. A la naturalidad. Una biblioteca es el sitio donde el tiempo perdido es el más recuperado. Y para eso necesitamos silencio.
-¿Nos falta silencio?
-En este mundo no existe el silencio. Es un ruido constante. Los que estáis en internet es un jaleo, un sinvivir. Tenéis que estar al día de todo.
-¿Usted huye de eso?
-Intento controlar mi tiempo y hacer las cosas que me gustan.
-¿Y las hace?
-Sí. Siempre me salgo con la mía. He tenido esa gran suerte.
-¿Por voluntad, por disciplina, por tenacidad?
-Hay una parte de tenacidad, no tanto de lograr resultados. Eso de hacer camino lo he entendido perfectamente.
-¿Qué es hacer camino?
-Lo de Machado, se hace camino al andar, lo entendí muy bien de pequeño.
-Pero esto de la librería es una cosa muy sedentaria.
-¿Cómo sedentaria? Esto es de un trajín increíble. Es un laberinto y cualquier autor te asalta. Cada libro es un mundo y sólo acercarte da pavor.
-¿Qué libro tiene entre manos?
-Tengo muchos abiertos, siempre Borges, por ejemplo. Ahora me interesa Antonio Jaén, Chejov o el sentido de la picaresca en Cervantes. La realidad me va llevando. Es un flujo continuo, en que uno se sumerge y luego sale a la superficie.
-¿Tenemos arreglo?
-No. Y nosotros, los indígenas de aquí, menos. Nos gustaría ser otra cosa pero no lo somos.
-¿Qué nos gustaría ser?
-Nos gustaría parecernos a otros pero no podemos dejar de ser nosotros mismos. Y estamos condenados a disfrutar de esto.

Cineasta antes que bibliotecario

En El Laberinto sólo hay una parte ínfima de la interminable biblioteca de Daniel Rodríguez. Aquí se pueden encontrar libros del siglo XVI, de Santo Tomás de Aquino, de Luis Vives, de los poetas italianos. Ésta, la de los libros, es una de sus pasiones. Antes de librero fue cineasta, o aprendiz de cineasta, y director teatral, otro de sus delirios indomables. Estudió cinematografía en Madrid, primero, y en Salamanca, después, y colaboró con Fernando Rey, José María Forqué, Vicente Aranda o Camús, hasta que la industria del cine lo apeó de la aventura
-Huyó usted de la industria.
-En ese momento sí. Uno es de principios radicales.
-De eso no se ha curado.
-No. Ha ido a peor. Del cine se desenganchó, pero no del teatro, que aún sigue moviendo agua en su molino.
«Lo del teatro fue especial y maravilloso. Conocí a Martínez Recuerda, un hombre estupendo, y a grandes escritores de aquel momento», subraya. Aquí fue director del teatro universitario durante 14 años y hoy sigue siendo bibliotecario de la UCO. En la institución académica vive ajeno a toda parafernalia y protocolo, centrado en lo suyo, los anaqueles, y es objetor, cómo no, de todo lo que se cuece en la zona noble. Lleva un año exacto perdido en El Laberinto, su librería anticuaria de la Ribera. Pero su aventura vital entre las letras viene de antes. De mucho antes. «Por los libros se accede a otros mundos. Y eso no deja de ser magia», proclama

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